AVUI A POL

Can ràbia per Francesc Via

Mis mañanas con Ornaque

El lunes se celebra un acto de homenaje al centenario del debut de Zamora, una efeméride que contribuirá en buena -líbreme Dios de escribir justa- medida a suturar ciertas heridas del pasado con tres personajes. El divino y nunca suficientemente reivindicado Don Ricardo, Paco González Ledesma a quien espero que una póstuma salva de aplausos compense el minuto de silencio que le fue hurtado en el estadio, y a Pablo Ornaque, que participa en el acto. A este, no hay adjetivo que lo cace, aunque después, si tienen paciencia de seguirme hasta el final del texto, lo voy a intentar. El caso es que el homenaje no solo es oportuno sino además inédito e inaudito en este nuestro club real aunque de mala ralea que demasiadas veces ha sido Saturno devorando a sus mejores hijos.

Hoy porque me da la gana, voy a hablarles de uno de estos hijos, el tal Ornaque, que es a su vez hijo apócrifo de Dalí. Si señores. Pese a la santidad de su madre, si le hiciesen a Ornaque la prueba del ADN saldrían enredados entre otros muchos trastos y cachivaches más o menos nobles, un erizo de Port Lligat y una barca atada con un pelo del bigote que Salvador que perdió en la playa mientras correteaba con Lorca, como dos locas desatadas bajo la mirada maña y desdeñosa de Buñuel. De todos ellos tiene algo, pero mariconadas al margen -no serán las últimas puesto que el lector atento, que alguno quedará, ya habrá reparado que esto es, efectivamente, una carta de amor- quiero explicarles que hace unos meses conocí a este personaje, en un cruce de caminos que llevaba años en la sala de espera. Mientras tanto, la vida social blanquiazul nos llevó por vericuetos divergentes, tapizados de lenguas maldicientes que le susurraban a él barbaridades sobre mí -todas ciertas, la duda ofende- mientras a mí me recitaban el consabido rosario de vejaciones hacia su persona que por supuesto se quedaban muy cortas porque hay gente que hasta para insultar ha de ponerse de puntillas.

Nuestro encuentro se produjo en la presentación de un librito que un servidor hizo, tomando cositas prestadas de aquí y de allá. Quedamos en llamarnos, pero el destino no me dejó hacerlo hasta hace unos meses. Una soleada mañana de febrero nos citamos, en el perfecto lenguaje taurino. Fue como cuando el señor Rolls conoció a míster Royce. Nuestro idilio, intenso, largo y apasionado se desarrolló en el marco de Casa Fuster. Todavía no he discernido si Ornaque forma parte de ese decorado o es a la inversa, pues se lo traga, lo engulle. Sigo aturdido desde la primera de aquellas mañanas, en la que hablamos de todo y de nada. Es imposible seguir el rastro de su conversación puesto que la verborrea de Ornaque es un auténtico Big Bang que hace estallar en cascada un universo en continua expansión. Erudito y orate a partes desiguales, arquitecto emocional, arqueólogo sentimental, salteador de los caminos que llevan al corazón, cualquier definición se queda corta para definir el oficio del Sumo Sacerdote de los Chamarileros del Reino. Un tahúr capaz de resucitar a la memoria haciéndole el boca a boca, beso a beso. Un creador con el poder de recrear mundos desaparecidos. Últimamente hemos dedicado gran parte de nuestro tiempo a diseñar una bomba nuclear para colocarla en el epicentro del universo perico a modo de electroshock, para provocar un latido que reviva su viejo corazón.

Hablemos de las piezas. No de las que faltan, sino de las que él ya tiene. Las que consiguió salvar de la piqueta que asoló Sarrià, costándole su buen dinero y más de un disgusto. Las que ha acumulado a lo largo de los años, sin duda la mejor colección existente. Las piezas que ha creado, como el mural en que aparecen los documentos fundacionales de la entidad. Y resulta que Ornaque, un loco de atar les subrayo, por si hasta el momento no lo habían reparado, ha decidido cederlas al club. Gratis total. Sin trampa ni cartón. O sea gratis. Que no, que no hay letra pequeña. Gratis. E incluso les da forma de museo. Gratis, también. Por amor al arte, el muy imbécil. No. Por amor al club. Pero desde el club solo ha obtenido promesas vanas desde hace años y hasta hoy la callada por respuesta. Ni sí ni no ni todo lo contrario. El ninguneo, cuando no la burla de las garrapatas sagradas y sempiternas de la entidad. Seguro que Ornaque se enfada cuando vea que desvelo esto aquí. Y desde el club, se enfadarán también. Todos venimos al mundo con un propósito y el mío tal vez sea encabronar y eso inevitablemente te acaba proveyendo de una bonita colección de enemigos. Tengo buenos cromos, de los mejores, pero Ornaque tiene también la suya, más larga y extensa. A veces las comparamos, como en el Mercado de San Antonio. Tengui y falti. Quizá ahí esté el tema. Tiene que ser eso, porque si no, no me lo explico. Los enemigos. El mal endémico de nuestro bendito club. Pueblo pequeño infierno grande.

Y en nuestro caldo casero de envidias, miserias y puñaladas traperas quien pierde siempre es el club. No los que mandan en el club, sino el Club con mayúsculas. Es la eterna e interna derrota de un club histórico que maltrata sistemáticamente a su historia y a los que mejor la presentan y representan. Si alguien tiene la menor duda de lo que Ornaque es capaz de hacer con la historia, que acuda al Museo de la Selección Española, en Las Rozas, lugar que debiera ser de obligada peregrinación de todo perico, para comprobar como el loco de Ornaque, a ojos de toda España, ha construido y reconstruido el relato de la Roja. Y sobre todo sorprenderse del lugar preeminente que ocupa nuestro club en ese museo. Resulta que el maldito Ornaque les ha engañado a todos, desde el mismísimo Villar hasta el último mindundi, hasta llegar al Rey, haciéndoles creer que el Espanyol es un histórico que estuvo ahí desde que el primer balón empezó a rodar por la piel de toro. Y lo mejor de toda esta mentira, es que es verdad. Que estuvimos ahí. Que el Espanyol siempre fue grande y los pequeños siempre fuimos los espanyolistas. Y que de los pocos que ha tenido oportunidad, autoridad y arrestos para decirlo en voz alta y ojo, que le escuchen, es ese genial sacamuelas condecorado por las más altas instancias deportivas del mundo. Ese tal Ornaque. Hagan lo que les dé la gana mientras yo reservo otra mañana para seguir construyendo juntos la bomba atómica. Pero esa es otra historia.

Francesc Via 


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