AVUI A POL

Pericospio per Gonzalo de Martorell

Amores de un día y sexo sin amor

Que sí, que sí... que ser perico es muy bonito.
Que si el sentimiento, que si la tradición, que si la hermandad...
Si yo no digo que no.
Pero, sobre todo, ser perico es muy cansado.
Reconozcámoslo.
El españolismo es una militancia y como todas las militancias exige fatiga, sacrificios y una fe más inquebrantable que la de un mártir cristiano frente a los leones.
Admito que forja el carácter... porque no basta con "ser" perico, así sin más.
Hay que "vivir" en perico.
En cierto modo es un estilo de vida; un hábito que te obliga a ir siempre a contracorriente.
Y vale que lo de ir a contracorriente mola... pero cansa.
Y que vale también que lo llevamos no sólo con resignación, incluso con orgullo... pero no me negarán que, en ocasiones, resulta agotador.
Sobre todo al principio.
Después, alcanzada cierta -llamémosla- "madurez periquil", uno acaba entendiendo que
no puede ser de otra forma y que si no fuera justamente así, no tendría gracia.
Pero sigue siendo cansado.
Y es por eso, imagino. que nuestra filiación españolista nos permite asumir con naturalidad amistades volubles, cariños veletas, amores pasajeros... rollos de una noche y por puro interés que sabemos que nos avergonzarán a la mañana siguiente pero que nos ayudan -de vez en cuando- a un desahogo.
Yo mismo me confieso promiscuo.
Mi primer equipo es el Español, mi segundo equipo todo aquel que juega contra el equipo con los colores del Basilea y el tercero el que -sin jugar contra él- le perjudica de un modo u otro.
¡Y a veces me toca animar a los tres en el mismo fin de semana!
¿Agotador? Pues es posible. Pero así somos los pericos.
Felices de vivir en esta sinrazón de afectos y desafectos tan volubles como incomprensibles para quien no sea de los nuestros y no entienda la peculiar idiosincrasia españolista.
Un perico de pro puede pasar en tres días, con total serenidad de espíritu y absoluta coherencia, de detestar a un equipo que nos ha metido tres chicharros a cantar sus goles casi como si fueran propios sólo porque su victoria joroba al gran Satán.
A mi me ha pasado. Y me sigue pasando. Y no sólo con equipos de nuestra Liga...
Me he quedado afónico, igualmente, celebrando goles italianos, ingleses, alemanes, rusos...
Me he puesto tontorrón delante del televisor escuchando las voces del drama después de alguna debacle del equipo de los valores...
Y he corrido a la mañana siguiente al kiosco para comprarme, medio a escondidas, un determinado periódico deportivo y disfrutar como un adolescente frente a su primer Playboy de las crónicas de una derrota...
Ni hay amor ni lo pretendo.
Tampoco lo necesito. Mi corazón futbolero ya está ocupado.
Es algo atávico, instintivo... casi primario.
Mientras acabe en el fondo de la red del club del suizo Gamper ya me sirve.
Porque, como dijo Woody Allen, "el sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es la mejor que hay".

Gonzalo de Martorell 


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