El sábado 29 de septiembre, en el cuadernillo anaranjado de nuestro más
histórico periódico barcelonés, LA VANGUARDIA, nos sorprendía con uno de
los clásicos reportajes rememorativos a los que tiene acostumbrados a sus
lectores el señor Lluís Permanyer, a través de los cuales nos descubre
una serie de historias de los más recónditos rincones de la Ciudad Condal
así como de las modas y costumbres de la sociedad barcelonesa, totalmente
desconocidas o poco conocidas por la mayoría de sus asiduos lectores. Yo,
aunque no asíduo, sí que en según que temática, lo leo con curiosidad, y
en esta ocasión precisamente lo hice con cierto interés y fruición, dado
que quiso referirse a un tema, cuyo punto de partida se dio un trágico
domingo 14 de diciembre de 1952 en el viejo campo de Las Corts, y en
donde yo personalmente, sufrí un doble traumatismo, tanto corporal como
espiritualmente.
He de reconocer que esa historia que Lluís Permanyer intenta
recuperar para esa tan actualmente prolífica “memoria histórica” y que
titulaba “La finca del Camp Nou”, debió resultar altamente interesante
para las nuevas generaciones de lectores vanguardistas, a las que hasta
hoy se le había astutamente ocultado este grotesco capítulo de la eterna
rivalidad futbolístico-barcelonesa, y por razones obvias aunque nunca
lógicas, en un estricto sentido de imparcialidad periodística. Pero no
podía resultar novedoso para cualquier perico que en aquel 1952 tuviera
edad suficiente como para experimentar o vivir “in situ” aquel auténtico
“atraco gubernamental”, como yo lo viví/sufrí repito, todavía como joven
aficionado de general, en aquel funesto Gol Sur, y la terrible avalancha
humana que reventó las barandas de contención tras el gol de Pepe Mauri y
que desembocaría en gran tragedia pre-navideña.
En el prolegómeno de esta historia, Lluís Permanyer se retrotrae a
finales de los 40, para recordarnos que su señor padre era a la sazón
directivo de la junta barcelonista que presidía Agustín Montal (padre) y
de las dificultades que éste debía superar en poder complacer las
constantes peticiones de entradas de parientes, amistades y clientes,
dado que el aforo de Las Corts se les había quedado más que estrecho,
máxime cuando ya había empezado a germinar el gusanillo de la envidia por
aquello de que el Real Madrid había ya estrenado el gran “Bernabeu” de
Chamartín. Un preámbulo que puede considerarse como una especie de
justificación para aquel Barcelona a quien nunca posteriormente se
castigó por el excesivo taquillaje vendido aquel día, aún y ser ciertas
(pero no para semejante tragedia) las causas de tanto espectador que
entraba de “gorra” según también relata, con el “visto bueno” del gran
jefe de personal el señor Combas.
Hasta el cuarto párrafo, bastante correcto todo. Incluso cuando
inicia la narración de lo sucedido aquella tarde tras el gol inaugural de
Pepe Mauri, y el rápido descenso al terreno de juego del Gobernador Civil
(aunque silencia el entonces obligado aditivo de Jefe Provincial del
Movimiento), Felipe Acedo Colunga, para poner firmes a base de mamporros
y empujones a aquellos “grises” que interpretaron erróneamente como
“invasión de campo” lo que era simplemente escapada/huida de una
auténtica avalancha humana. Se olvida en recordar el señor Permenyar, que
como hijo de directivo se sentaba en tribuna como muy bien señala, de que
el público dedicó una gran ovación a aquel gobernador franquista, que
pudo ser la causa que incrementara su egocentrismo en querer seguir
siendo el gran protagonista del partido.
Y es precisamente ahí cuando el historiador en cuestión me
defrauda. Que nos diga que el capitán Artigas se negaba a continuar
jugando debido a que el publico invasor permenecía sentado alrededor del
campo y muy cerca de las líneas, es totalmente falso. Quizá él, desde
tribuna, no pudo apreciarlo mejor, pero yo, repito que situado en el Gol
Sur entre magullado y mareado pero sin poder escapar de allí, sí que vi
que centenares de piernas y pies se adentraban muchísimos centímetros de
las líneas dentro del campo de juego. Que nos diga que el susodicho
Gobernador conminó a Artigas con llevárselo detenido a Via Layetana, es
también cierto, aunque ya dudo que lo fuera el amenazarlo con abrirle
expediente de su pasado político durante la pasada Guerra Civil. Pero…
¿por qué, señor historiador, soslaya que esta negativa de Artigas se
produjo a raiz de que pocos segundos antes, el árbitro Blanco Pérez y
tras consultar con el Delegado Federativo señor Gutierrez del Castillo,
que también había descendido con urgencia al campo junto a dos miembros
de ambos clubs, habían decidido aplazar el partido, a lo que se negó
aquel gobernador que quiso extralimitar su jerarquía civil a la
deportiva? De aquella tragedia que desembocó en escándaloso atropello,
guardé esa difusa imagen de los señores Sáez y Perelló abandonando con
tono airado el campo viendo el talante gubernamental que debía soportar
el acojonado Artigas. Las cosas “extrañas” que sucedieron luego para que
se consumara el triunfo culé que truncara el liderato invicto del
Español, ya no se digna rememorarlas el señor Permanyer, como tampoco no
nos recuerda la “curiosidad” de que la expedición blanquiazul al llegar a
su vestuario, lo hallaron totalmente lleno de irrespirable humo producido
por la quema de unas toallas impregnadas de alquitran y que les obligó a
vestirse en los pasillos y no poder, en el intermedio, tomar aquella
terapia de oxigenación que Alejandro Scopelli hizo famosa. Como tampoco,
al final, poderse duchar, al haberseles cerrado el agua caliente. Todo
esto también es historia digna de recordar, amigo.
Pero no, todo lo anterior, a usted sólo le servía como obligado
complemento para llegar al momento en que el presidente Agustín Montal,
le encargó a su señor padre, el encontrar urgentemente unos terrenos en
donde construir un nuevo campo para el Barcelona a corto plazo. No lo sé,
porque no lo he leido todavía, pero casi me atrevo a pensar que en ese
libro que acaba de aparecer editado por el diario “Sport” conmemorando
los 50 años del Camp Nou, no se debe recordar esa personal actuación de
su querido progenitor sobre el tema, y nada mejor que hacerlo en una
sección tan leida como la que usted dispone en esas páginas anaranjadas
dominicales de La Vanguardia. Muy loable que Vd. haya querido subsanar el
olvido, si es que esa mi suposición es acertada, claro.
Y ya puesto en materia y aunque a mis amigos de POL poco o nada
les importe continuar con temática tan poco grata para los pericos,
quiero aclarar otros detalles importantes de dicho artículo. La foto que
ilustra el mismo, registra el momento en que el presidente Montal se
dispone a firmar el compromiso de compra de terrenos (zona edificación
semi intensiva según Urbanismo aprobada en 1946) junto a Francisco Planas
y Jaime Mayol, por verse a ambos pluma en mano dispuestos a firmar. Los
hijos del primero, supongo (un desconocido para el autor) quedan como
interesados testigos junto al gran periodista Del Arco como testigo de
cargo. Quiero recordarle al señor Permanyer, que ese día, solo se firmó
el compromiso de compra de las tres fincas aportadas por la familia
Planas (1.517.090 palmos cuadrados) y las dos que aportaba la
tejería-ladrillería de Mayol (587.5l0 palmos cuadrados) por un valor
total y conjunto de 10.887.480´40 pesetas. Pero las restantes compras
necesarias para poder ubicar el futuro Nou Camp, se harían tres años más
tarde y tras ascender Francisco Miró Sans a la presidencia. Yo le
sugeriría, y si Vd. me lo permite señor Permanyer, que nos ofrezca una
segunda parte sobre este tema de la construcción del Camp Nou ahora que
se nos quiere rescatar en la historia tan nunca bien concretado tema,
preguntando, si aún viven, lo que dudo mucho, o encontrando a los
descendientes de los siguientes señores que aquí concreto por si le son
desconocidos: José Mº Ponsich, Ramón Santomá, Ramón Fortuño, C y D
Subirá-A. Bacardí y Juan Sala Ramis, cómo y de que forma se vieron
obligados dichos señores a vender ante la presión a que les sometió el
alcalde Simarro con amenazas de “expropiación forzosa” si no aceptaban el
precio de 5´90 ptas. el palmo cuadrado que les ofertaba el Barcelona,
como mejor forma de lograr completar la gran parcela necesaria para
edificar ese nuevo estadio futbolística que le pedía la ciudad de la que
era alcalde; que luego presidiría la colocación de su primera piedra,
para como culminación de su mandato, solicitar del Pardo, la bendición de
Franco, para la recalificación del viejo Las Corts, aún y vulnerando
todos los Planes Urbanísticos de la época, para así poder salvar el grave
déficit que dejaría el Camp Nou tras su inauguración.
Y menos mal que este pobrecito club, el Barça, fue tan duramente
oprimido y represaliado durante aquella oprobiosa etapa de nuestras
vidas. Por eso y como punto final a ésta mi nueva MEMORIA HISTORICA,
añadiré aquella foto que ilustraba un anterior artículo mio. La del
Caudillo recibiendo de manos de Miró Sans la maqueta de plata del Camp
Nou por su generosa ayuda, maqueta que supongo el ínclito politicucho
Laporta, exigirá que se les devuelva.
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