Lo decía hace unos días mi viejo amigo y colega Juan Segura
Palomares, el “derby” vuelve a ser “derby” en vísperas de que el Espanyol
provocara la gran tragedia blaugrana paralelamente con la ascensióna los
altares de nuestro Raul Tamudo. Una muy atinada y certera visión del
actual momento que vive el españolismo futbolero que prontamente germinó
en nuestro entorno.
Efectivamente es evidente que para nuestro cada día más lejano
vecino ciudadano parece haber llegado el momento de que se nos vuelva a
considerar el otrora denominado y siempre temido eterno rival
(calificativo popular caido en desuso a raiz de gustar más lo del derby)
coincidiendo en el tiempo con esa transformación del fútbol
superprofesionalizado y en donde los balances económicos insuflados por
los ingresos atípicos , derechos de imagen o apoyos directos o indirectos
institucionales, tienen directa relación clasificatoria que no la que
otorgaban antaño, los censos de socios o ingresos de taquillas solamente.
En aquellas añoradas épocas, podíamos soñar en endosarle al Barça y al
Real Madrid por sólo citar a los dos “cocos” un 6-0 y 7-1 en una misma
temporada; era cuando la mayor calidad futbolística se imponía por encima
del poder del dinero. Algo que las nuevas generaciones pericas, quienes
afortunadamente para ellos no superan las treinta primaveras, no pudieron
saborear y disfrutar, que solamente han conocido esa dura etapa de no ser
visto desde el odiado vecino de aquel ya inutilizado límite del otro lado
de la Diagonal, como el pobrecito y desheredado vecino del que poco o
nada hay que temer, silencioso y gran encajador de las mayores tropelías
que la actual situación político/periodística/arbitral les concede.
Pero esta situación, este desequilibrio, amigos mios, parece ir
restableciéndose en los últimos tiempos como se podía respirar en
vísperas de este último derby y a posteriori tras ese y gran recuperado
balance del 3-1 y 2-2 que, a quien suscribe, le retrotrae a un pasado,
quizá más lleno de satisfacciones como la que acabamos de vivir.
Por este mismo motivo he creido oportuno rememorar aquellas
lejanas experiencias en aquellos partidos de la máxima que viví-sufrí en
el viejo Las Corts primero, y ya más tarde, en el Camp Nou.
Quiero recordar que a mi primer derby en Las Corts asistí de
“gorra” gracias a la entrada que me regaló un compañero de clase en los
Jesuitas de Balmes apellidado Vidal Ribas, hijo del vicepresidente culé.
Ganó el Barça por 2-0 obra ambos de Escolá. Mi “bautismo de fuego
anti-culé”, se remonta pues a la temporada 1942-43. En la siguiente
temporada, se registraba un equilibrio total, el “otro” nos ganaba en
Sarriá l-3, pero en Las Corts se les devolvía el 1-3.
Tras dos temporadas de mínimas derrotas de 1-0 en Las Corts,
llegaría aquella etapa de las extradimensionadas Cinco Copas, ya que en
realidad sólo cabía contabilizar el doblete de Liga y Copa, ya que el
resto, Martín&Rosi, Duward y Eva Perón debían considerarse como “torna”
publicitaria. Pues bien, en esa etapa en que los culés nos goleaban en su
jaula por 5-0 y en Sarriá por 0-1 (temporada 46-47) no pudieron desbancar
al Valencia campeón, pero sí que pudieron bi-campeonar en las dos
siguientes temporadas, en las que otra vez nos goleaban en su feudo 5-1
pero mordiendo el polvo en Sarriá por 2-1. Aquello de los eternos rivales
seguía teniendo vigencia.
El día en que empecé a pasarlo en grande en la “vieja catedral”,
fue en la jornada final de la Liga 48-49, a la que se llegaba con un
emocionante codo a codo Barça-Valencia y con el Español como incómodo
visitante para los culés. El título se daba por seguro y se pudieron ver
algunas pancartas festejándolo ya de comienzo. Pero llegó el gol de Calvo
y unos también madrugadores goles del Valencia (2-0) en Mestalla ante el
Sevilla y ya tenemos a la culerada que empezaba a ponerse nerviosa y a
enrollar aquellas pocas pancartas que depositaban en las gradas, hasta
que César con dos goles les devolvía la tranquilidad y ganaban el título
con los dos puntos de renta sobre aquel Valencia que mantuvo las
esperanzas hasta el último día por aquello de dominar en golaverage sobre
los culés por 7-6. Ese ejercicio, en Sarriá, no pudieron superar el
1-1.
Mucho más divertidas para mí fueron las siguientes temporadas. En
la 49-50 no podía cantar el alirón (5º) al caer por 1-2 en Las Corts y no
puder resarcirse en su visita a Sarriá en donde sólo pudo empatar a dos
goles. El cruce del meridiano del Siglo XX no fue propicio para los
culés, y muchísimo menos lo sería en la siguiente Liga, la de 50-51, aún
y a pesar de habernos goleado en la primera vuelta en su feudo por 4-1,
dado que en la segunda vuelta… Sí, lo habéis adivinado, llegaría aquella
goleada por 6-0 que ahí sigue, sin haber sido vengada en esa especie de
Record Guines que en su día establecieron aquellos Grau, Marcet, Arcas,
Xirau y Egea y ridiculizando la “tactica del orsay” que tanto rédito le
estaba dando al equipo de Fernando Daucik con la famosa defensa de los
Ramallets, Calvet, Biosca, Segarra. Más de medio siglo ha transcurrido y
ahí sigue ese humillante 6-0 para la Historia. Olvidaba recordar que los
“otros” ese año terminaron cuartos, y que al siguiente ejercicio,
volverían a campeonar pero sufriendo en su feudo para ganarnos 2-0 pero
estrellándose en Sarriá (1-0).
Y así llego al momento crucial de estas mis memorias como
espectador de derbys en el feudo culé. Hasta ese día todo había
transcurrido dentro de la normalidad que en aquellos tiempos cabía
considerar entre culés y periquitos, calificativo este último que aún no
había adquirido naturaleza generalizada. Pero a partir de aquel triste
domingo del 14 de diciembre de 1952 empecé a sufrir mi primera
experiencia de expolio e impotencia ante lo que en el futuro sería ya una
constante en la competencia con nuestro vecino y eterno rival. Un expolio
que en ese día, adquiría una dimensión muy especial para quienes en el
futuro quisieran hacer historia barcelonista, y que al final de este
pasaje histórico apostillaré.
La vieja “Catedral” estaba ese día a reventar, con el mayor lleno
de su historia. Y no era para menor, allí llegaba un Español líder
invicto tras 11 jornadas disputadas (nueve victorias y dos empates en
campo contrario) le avalaban. La venta de entradas había sido muy
superior al aforo legal del campo, y ahí radicó la causa de la tragedia
que puso dolor a aquellas vísperas navideñas. La férrea censura de la
Dictadura impuso un silencio total sobre las tres muertes habidas, pero
no pudo impedir que el boca a boca o la “radio macuto” informara a la
ciudadania. Como tampoco se pudo constatar, que al Barcelona, se le
sancionara por haber vendido más entradas de las permitidas y haber
procado semejante masacre.
Creo que cualquier perico que se precie, conocerá lo sucedido ese
día, pero por sí aún hubiera alguno de nueva generación no enterado, voy
a relatarle someramente lo que ya en su día expuse con todo lujo de
detalles e imágenes en la historia en fascículos que de mi entrañable
Español o Espanyol me editó Universo Editorial, el mismo que me apoyó en
aquella revista “El ESPAÑOLista” de tan efímera vida; una editorial
madrileña dado que aquí, en mi tierra, se me hubiera negado tamaña
libertad de expresión.
Fue el inolvidable Mauri el primero en marcar en impetuosa acción
en la misma boca de gol. Esto sucedía en llamado Gol Sur y provocaba una
terrible avalancha de espectadores, que a su vez reventaban aquellas
frágiles barandillas de contención situadas escalonadamente cada diez
gradas para impedir, lo que ese día no cumplieron su cometido
precisamente por la sobre carga y presión existente. Y allí fue Troya,
cientos y cientos de espectadores maltrechos y malheridos saltaban las
vallas y invadían el campo huyendo y que quedaban tendidos sobre el
césped para ser asistidos. El espectáculo era realmente dantesco, nunca
visto por estas latitudes. Y como guinda, allí estaban los “grises de
turno”, que creyendo cumplir con su misión de abortar cualquier atisbo de
invasión de campo, empezaron a repartir porrazos a diestro y siniestro
con el lógico griterio encolerizado del restante público indemne. Pero
allí estaba también, en su palco preferente, el ínclito señor Gobernador
Civil y Jefe Provincial del Movimiento, Felipe Acedo Colunga, que tras
saltar raudo al terreno de juego, empezó a repartir tortazos a sus
policias hasta hacer volar algunas de sus gorras para terminar
poniéndolos a todos firmes, lo que le valió una atronadora ovación del
respetable. Hasta aquel momento, sombrerazo para aquel Gobernador,
pero…
Mientras todo esto sucedía, el árbitro Pérez Blanco de acuerdo con
el Delegado Federativo señor Gutierrez del Castillo que había descendido
al campo junto a miembros de ambas directivas, decidían suspender el
partido, dado que los centenares de maltrechos espectadores que habían
invadido el terreno de juego, sentados alrededor del mismo, seguían
ocupando más de medio metro los límites del mismo. Era claro, el
Reglamento no permitía seguir jugando. Pero allí seguía el señor Acedo
Colunga extralimitándose en sus poderes para continuar siendo el gran
protagonista del evento, ordenando que se continuara jugando. Los señores
Saenz y Perelló, presidente y vicepresidentes pericos, abandonaban el
terreno de juego entre indignados y asombrados por semejante abuso de
autoridad, mientras que nuestro capitán Artigas seguía negándose a jugar
de acuerdo con la inicial decisión arbitral. Ante la amenaza de ordenar
su detención, el bueno de Artigas debió acceder a seguir jugando lo que
significaba ir claramente al matadero.
Porque este trascendental partido encerraba otra “triste historia”
que casi todos los periódicos silenciaron. La extraordinaria marcha de
aquel Español de Alejandro Scopelli se atribuía a las ya famosas
inhalaciónes de oxígeno en los intermedios. Pues bién, la torcida y
antideportiva mentalidad de los culés, quiso curarse en salud e imponer
sus “medidas”. Así cuando los blanquiazules llegaron a su vestuario, lo
encontraron lleno de una espesa y maloliente humareda provocada por unas
toallas impregnadas de alquitrán oportunamente quemadas, lo que les
obligaba a equiparse en los pasillos y no poder inhalar su acostumbrada
ración de oxígeno a la vez que las duchas tampoco tenían los
calefactores enchufados. ¿Comprenden el por qué Artigas y sus compañeros
querían suspender tan bien tramada encerrona?
Lo que sucedió después es lo que todos temíamos. Daucik situaba a
un tal Hanke, un central más que expeditivo, como delantero centro con
una misión explícita y que cumplió a maravilla ante la inhibición de un
árbitro que comprendía que allí pintaba poco y quien debía ser el
ganador. El tal Hanke empezó a repartir patadas a diestro y siniestro
entre nuestros defensas que terminaron totalmente descentrados. Y así
llegó el empate de Hanke y el 2-1 de Moreno. Con este resultado
establecido, el tal Pérez Blanco se atrevió, por fin, expulsar a Hanke.
El Español dejaba de ser invicto. Luego tuvieron que ducharse con agua
fría. Desde ese día, en los “derbys”, los dos equipos llegaban ya
equipados a sus citas.
La simplona excusa que dio la directiva culé al tema de las
toallas quemadas, de que “habían sido lanzadas por una ventana por algún
bromista”, pudo ser creida por los bobalicones cretinos de su parroquia,
pero no para quien, como yo, algún tiempo más tarde y como periodista,
tenía acceso a dicho recinto de vestuarios, al que se accedía por una
estrecha puerta junto al palco presidencial, de donde partía una
estrechísima escalera descendente hasta una pequeña antesala a cuyos
extremos se hallaban los dos vestuarios; las ventanas daban a sus
respectivos pasillos interiores. Lo del “bromista”, nada de nada; el
pirómano sólo pudo ser un hombre de la casa. Y punto.
Esta tristísimo historia, situada en el presente, para nada nos
extrañaría. Pero situada en plena Era Franquista y con aquel protagonista
Acedo Colunga, todo un señor Jefe Provincial del Movimiento como
principal BENEFACTOR BLAUGRANA, sí que me hace sentir vergüenza ajena y
me causa indignación por tener que escuchar esa leyenda, y que cada día
que pasa se incrementa dimensionalmente, respecto a las muchísimas
humillaciones y persecuciones que debió sufrir el F.C. Barcelona durante
la Dictadura de Franco.

Una imagen que actualmente se pretende ocultar desde el poder
establecido. Felipe Acedo Colunga, Gobernador Civil y Jefe Provincial del
Movimiento en Barcelona, actuando como introductor de Embajadores en el
Palacio de El Pardo para que Miró Sans y Domenech, presidente y
vicepresidente del Barcelona, ofrecieran al Generalísimo Franco, la
maqueta en plata de lo que se quería fuera el "Nou Estadi" y para el que
tanto apoyo recibirían por parte del citado gobernador y del alcalde
Simarro. De estas cosillas, qué poco se sabe hoy en
día...
Pero no terminó ahí la cosa en esa crucial y funesta temporada. En
la jornada anterior a la visita de los culés a Sarriá, jugó el Real
Madrid en Las Corts (1-0) en cuyo transcurso Kubala y el central
merengue y exespañolista Oliva, se liarón a tortazos sin miramiento
alguno, lo que determinó su doble expulsión. A tres jornadas del final de
la Liga, la cosa andaba muy liada entre Barcelona, Valencia y Real
Madrid. Que los culés no pudieran contar con Kubala en su temida visita a
Sarriá, en donde se les esperaba con comprensibles “ganas”, alarmó a la
culerada. En la esperada reunión del Comitéde Competición, decidió la
votación a favor del doble indulto, que los madridistas nunca pidieron,
el voto de Paco Román. Sí el expresidente españolista, representante de
la Federación Catalana en dicho Comité y que por aquellas calendas andaba
tras la presidencia de dicho organismo, lo que a la postre alcanzaría
gracias al apoyo de las fuerzas vivas del barcelonismo. Las críticas del
españolismo contra su expresidente se escucharon desde todos los ámbitos;
Paco Román traicionó a los suyos con tal de lograr la presidencia
regional. Y fue Kubala, claro está, el factor determinante del triunfo
culé (0-2) en Sarriá, y de su posterior alirón liguero. Esa temporada fue
la que terminó marcándome profundamente en mis sentimientos españolistas
pero ya claramente antagónicos respecto al rival vecino. En el futuro,
los partidos de la máxima o derbys ya nos los vería como hasta aquel año
los había vivido, con un espíritu de limpia deportividad.
Precisamente por eso, en la temporada siguiente 1953-54, pude
saborear el éxtasis en la penultima jornada de la Liga en la misma
“catedral” y tras el adverso (0-1) de la primera vuelta en Sarriá. El
título se estaba dirimiendo entre culés y merengues, con dos puntos de
ventaja del Real además de un también favorable golaverage (6-5). En ese
recordado domingo del 12 de abril de 1954, el Español humillaba a los
culés (1-4) y a pesar de que Moreno les adelantara en el marcador. Pero
primero Faura con impresionante zambombazo desde fuera el área como
preámbulo a los que luego marcarían Cruellas, Marcet y Mauri y que al
coincidir con el 4-0 que el Real endosaba al Valencia, le daban al Real
Madrid suficiente renta como para alcanzar el título. Lo mejor sería que
en la jornada cierre, el Español batía al ya campeón por 1-0. Fue el año
en que el gran Di Stéfano debutaba en nuestra Liga tras plantar a los
culés. Todo me resultó bonito.
Tuvieron de transcurrir dos temporadas, la 55-56, para que otra
vez pudiera vivir otro “derby”memorable en el viejo Las Corts, aunque
éste ya fuera en la Copa del Generalísimo. En la ida de Sarriá, en plenas
obras de ampliación de su tribuna, los culés se llevaban un 3-1 que
consideraban fácil de remontar en la vuelta. Pero allí estaría un
inolvidable Julián Arcas, el cual, más chulo que un ocho, osó lanzar a
los cuatro vientos de que le iba a meter cuatro goles a su amigo Antonio
Ramallets. La bravata sonó a chiste barato para la culerada, pero de
chiste, nada, y menos barato. El Español empataba a cuatro goles y así
eliminaba a los culés por un total de 7-5, y el gran Julián Arcas cumplía
su promesa metiéndole los cuatro chicharros prometidos a Ramallets. Otra
de las mejores tardes en mi memorial como perico.
Pero ahí me llegaba una larga etapa que prefiero no enumerar en la
que ya como periodista de DICEN, y por tanto sin poder exteriorizar por
simple ética profesional mis emociones, algo que actualmente ya no se
exhibe y sí muy al contrario, en la cual aquel emotivo equilibrio entre
culés y pericos ya no se daba. Aunque sí quiero recordar aquel 5-0 que en
la temporada 63-64 nos endilgarón los culés ya en el Camp Nou como
escenario y con Ladislao Kubala como jugador-entrenador del Español. Salí
indignado del partido, no ya por la contundencia del tanteo, sino por la
actuación de Kubala, al final del mismo, obligando a nuestros jugadores a
hacerle el pasillo y aplaudir a los culés, con la única excepción de
Argilés que se negó a participar en aquel grotesco acto, en el que
Kubala buscaba congraciarse con la culerado tras su tan criticado fichaje
por el Español de Vila Reyes.
Y por fin llegaba en la temporada 1972-73 la primera incursión
victoriosa en el Nou Camp. Fue un 4 de marzo de l973, en que la Liga
transcurría con un emotivo codo a codo entre barcelonistas, españolistas
y colchoneros madrileños. Un estúpido y clarísimo penalty del leñero
Gallego, permitió a Glaria de tiro raso y pegado al poste batir a Reina.
Así le arrebatábamos el liderato a los culés, liderato que no supo
mantener el equipo de Santamaría por un exceso de conservadurismo, pero
sí que sirvió para truncar la marcha culé que ya no dio una a derechas
desde aquella tarde; Liga que terminó certificando el Atlético de Madrid
con dos puntos de ventaja sobre el descongojado Barça.
Y tras otros nueve años de impaciente espera, llegaba otro
maravilloso domingo 28 de marzo de 1982, en que las huestes blanquiazules
del “cojo” Maguregui hacián temblar con amenaza de ruina los cimientos
del Camp Nou con un claro 1-3, obra de Lauridsen, Zúñiga y Murua, y que
truncaba la triunfal marcha que los culés llevaban hacia el título, con
ventaja de cuatro puntos sobre el Realísimo y cinco sobre la Real
Sociedad. Tras esa derrota, ya no levantaría cabeza el Barça y en las
cinco jornadas finales sólo sacó dos empates en casa. Ganáron la Liga los
donostiarras, con 47 puntos, seguido del Barça con 45 y Real Madrid con
44. Nuestro todavía denominado Español, sí que fue el auténtico verdugo
del odiado rival culé.
Y como también lo ha sido en esta reciente visita al Camp Nou,
pese a no ganar aunque sí moralmente pues se nos robó el partido, con
nuestro Gran Capitán RAUL TAMUDO como bigoleador, aunque los culés,
llevados de su desazón y orgullo herido, sigan diciendo que “la Liga la
hemos perdido nosotros”. A otro perro con ese hueso y si con esa burda
artimaña os consoláis, pues que os vaya bonito amigos. Por cierto, estas
dos últimas efemérides ya no las he podido vivir in situ, debido a que mi
actividad periodística profesional había sido cortada y no disponía del
pase que como tal siempre había disfrutado; y este menda, eso de tener
que pagar entrada para acceder a dicho recinto… pues va a ser QUE NO,
aparte de lo incómodo que siempre me había resultado.
Y aquí pongo fin a estas mis rememoranzas peri-culés en
“territorio comanche” con la ilusión inicial compartida con mi amigo
“Palo” de que los “derbys” vuelvan a ser como antaño, donde quepan
sorpresas como las que aún seguimos saboreando. Que así sea.
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