El equipo está roto. La verdad es que hay poco más que añadir a las palabras de Valverde después de otro triste partido. Cuando no se juega, no se meten goles y la entereza defensiva se limita a los centrales con las manos extendidas preguntándose como se ha escurrido el delantero de turno es evidente que el equipo está roto. Como ese ciclista que optimista de sus fuerzas intenta aguantar en el grupo de los mejores en las primeras rampas del puerto pero revienta y entra en la meta con el rostro desencajado después de ser superado por buena parte del pelotón. Es difícil de entender cómo un equipo que consiguió una gran marca de imbatibilidad se ha desfondado de tal manera; ni las míticas pájaras de Pedro Delgado. Tampoco hay demasiado que aportar a todas las causas -las evidentes, las ocultas o las inventadas- que durante una crisis tan larga han aparecido y se han repetido en medios y foros.
Van a ser semanas duras porque además la butifarrada mediática de nuestros vecinitos se va enfrascar en una campaña de renovación y revolución y cambio de ciclo, con fichajes de todos los colores, como un niño rico que berrea porque se le ha escacharrado el juguete hasta que consigue cambiar el viejo -en este caso malvendan a más de uno y de dos y de tres jugadores- y le compren uno nuevo con el cuento de que es mucho más bonito y brillante que el anterior. Nosotros, en cambio, tenemos las cartas marcadas, como a cualquier niño pobre nos va a tocar zurcir algún remiendo y seguir jugando con lo que tenemos. Pero sobre todo hay que ser conscientes de que la putrefacción a la que han llegado ellos no tienen nada que ver con nuestros problemas, a pesar de que insistirán en asimilarlos. Hay que mantener la cabeza fría y asegurar cada paso que demos. Yo no creo que nuestra enfermedad sea el mismo virus incurable que padecen los vecinos.
El año pasado se renovó y se incrementó la ficha de los pesos pesados de la plantilla. También se renovó al entrenador, y durante la temporada se ató a los más veteranos de la cantera. Se apostó por este equipo y este proyecto para arribar a la nueva tierra prometida (que el medio centro se llame Moisés solo es una casualidad). Pero ahora el barco zozobra y parece que en vez de aquello de los niños y las mujeres primero el grito sea el de tonto el último. Nosotros no nos podemos permitir tirar este juguete -vender de mala manera a tres de los cuatro jugadores que más cobran para obtener un escaso cash para la revolución, ni siquiera creo que tengamos la posibilidad de hacerlo.- Quizá, con un poco de suerte, haya una oferta que nos posibilite comprar algunos recambios decentes, al menos para que el juguetito vuelva a parecer como nuevo, que vuelva a ilusionar.
Asusta confiar en un equipo que a día de hoy tiene un terrible aspecto de desguace, pero al menos se han ganado un mínimo crédito para creer en ellos y que serán capaces de salir del hoyo. No será fácil. Se necesitan algunos retales, uno (el fichado) o dos (el libre) o tres (el cedido) jugadores que de verdad vengan para competir para jugar en el once. No nos queda más remedio que ser valientes y seguir creyendo en lo que tenemos. Quizá, para variar, experimentar con la paciencia nos ofrezca buenos resultados. La verdad es que en esto del fútbol a priori es complicado saber que opción te asegura más o menos el porvenir. No existen varitas mágicas (y si existen nosotros no la tenemos). Solo hay que ver al alabado Zaragoza, cuya ambición y planteamiento prometía noches de espectáculo y ahora se juegan media vida en Mestalla, claro que estos también son un ejemplo: de que a veces es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.